martes, 12 de marzo de 2013

“La mitad de los hijos de clase media son no planificados”


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Acaba de publicar un libro titulado de manera inquietante: ¿Por qué tenemos hijos? (Paidós). Dice que busca desmitificar allí la idea de que sólo es “por amor”. Su experiencia como obstetra.






Por Mariana Carbajal
¿Por qué tenemos hijos? La pregunta resulta políticamente incorrecta. Es raro formularla y mucho más, contestarla de viva voz. El médico Mario Sebastiani, obstetra del Hospital Italiano, se anima y desafía a pensar una respuesta sincera. Con una trayectoria profesional en consultorios y salas de parto de casi cuarenta años, en los que asistió a más de un millar de mujeres embarazadas y contabiliza alrededor de 9 mil nacimientos, Sebastiani duda de que el motivo por el que se tienen hijos sea siempre el amor, como se suele responder mecánicamente. Con su flamante libro, que lleva como título justamente la pregunta inicial, no sólo desacraliza la maternidad: provoca y hasta puede llegar a escandalizar a algunos (o muchos).

“No soy moralista, pero entiendo que plantear una ética para el nacimiento es necesario. No una ética vinculante, sino reflexiva y responsable. Tener un hijo debiera ser un acto de responsabilidad con un gran componente moral. Los hijos no pueden ser rellenos ni una obligación religiosa ni la propagación de la especie. Detrás del deseo egoísta de tener un hijo tengo que tener un escenario que le permita al niño desempeñarse en las mejores condiciones posibles. Y no hablo de riqueza”, plantea Sebastiani, en una entrevista de Página/12, donde reflexiona sobre las razones que lo llevaron a sacudir la modorra del estante de libros de autoayuda para embarazadas, donde seguramente las librerías ubicarán el suyo. Aunque, como él mismo advierte, es un libro para los que ya tuvieron hijos y de autoayuda no tiene nada.

“No tengo dudas de que una sociedad es mejor y será mejor si cada uno de nosotros, en soledad y luego en pareja, nos preguntamos si tiene sentido tener hijos, o qué sentido le daremos al pasaporte que le otorgamos a nuestros hijos en la llegada a este mundo”, apunta Sebastiani. Es un gran comunicador. Profesor adjunto del Departamento de Tocoginecología del Instituto Universitario de la Escuela de Medicina del Hospital Italiano de Buenos Aires, se entusiasma y apasiona al hablar.

En el prefacio de Por qué tenemos hijos (Paidós), que acaba de editarse, Sebastiani enumera una serie de frases que escuchó en su consultorio de boca de sus pacientes, y que de algún modo, fueron disparadoras para escribir el libro:

“Pensaba esperar unos meses más pero llegó antes...”
“No esperaba verme, ¿verdad?... Yo tampoco... No sé qué hacer...”
“Yo no quería... Pero mi marido no quiere parar hasta tener un varón...”
“No quería tener hijos, pero quedaba embarazada o perdía a mi marido...”
“Necesito ayuda... No sé de quién es... Me encontré con un compañero de colegio y en el mismo día tuve relaciones con mi marido y con él...”
“Nos cuidamos con preservativos, pero una noche, luego de una fiesta de casamiento y unas cuantas copas de champagne, no lo usamos... Fue un accidente.”
“No creo que vuelva con mi pareja... No creo ni que él quiera volver... Pero lo voy a tener igual...”
“Hice varios procedimientos de fertilización asistida... No tener un hijo hubiera significado para mí vivir una vida incompleta...”
“Estoy sola, no tengo pareja... Pero recurrí a espermatozoides de donante...”
Dice Sebastiani: “Curiosamente en estas frases la palabra amor no figura, y como sentimiento no pareciera ser el que más prevalece. Percibo que, en cambio, los motivos más frecuentes tienen que ver con el accidente, el egoísmo, la negociación, la soledad. El bebé, casi, como una mascota”.

–También los hijos pueden ser producto del amor de una pareja. ¿O no?
–Aun como probables productos del amor, veo a los hijos como una nueva y compleja tensión en nuestras parejas, de pronto devenidas en familias, como una nueva tensión en la sociedad. En el pasado la maternidad era de las mujeres solas, con un papá que salía a proveer los bienes de consumo y la subsistencia; en la actualidad vemos una paternidad compartida, seguramente justa, pero claramente conflictiva en otros aspectos. ¿Por qué hablamos de amor siempre? Siempre te felicitan si estás embarazada. La sociedad es pronatalista. ‘No hay mejor fiesta que traer una vida’ es un lugar común. Pero nos encontramos a la vez con la victimización de los niños, el maltrato infantil, chicos solos deambulando por los shoppings, militarizados en otros países. Los colegios tienen dos turnos. Si tuvieran tres serían un éxito. No es una cuestión de riqueza o pobreza. Los ricos ya tomaron partido: en Europa no tienen hijos. Es una complicación: les impiden viajar, hay que ocuparse de cuidarlos y no tienen quién lo haga.

–¿Cuántos hijos se estima que nacen sin planificación de sus padres?
–La mitad de los hijos de clase media son no planificados. Teniendo bastante al alcance pero no todo –poca o ninguna educación sexual, insumos contraceptivos o asesoramiento– seguimos teniendo hijos en un momento que no es el que habíamos planificado; muchos de ellos, exactamente por no haber sido planificados, se convierten en un embarazo no deseado y su fin es la interrupción de la gestación. Cuando digo muchos, me estoy refiriendo a cifras que no sólo asombran sino que podrían producir espanto. Hay países, como Argentina, en los que se interrumpe un embarazo por cada dos recién nacidos. En otros, como Estados Unidos, hay una interrupción por cada tres recién nacidos, y en otros, como Suecia, una interrupción cada cinco recién nacidos. Sin embargo, las políticas públicas concernientes a la planificación familiar o están ausentes o están en terapia intensiva en la mayoría de los países de nuestra región.

–¿Cuál es la región donde hay mayor planificación familiar?
–En Europa del norte y en Canadá. ¿Sabe por qué? Porque llevan 55 años de educación sexual. Tienen claro lo que es el sexo lúdico y el sexo reproductivo. La carencia de un plan sistemático de educación sexual es grave. Los que se oponen a que haya educación sexual en las escuelas sostienen que vamos a hablar de forros y de píldoras anticonceptivas a los chiquitos. No es así. Significa conocer el cuerpo, identificar lo que es la violencia hacia el otro, el placer.

–Usted no sólo desacraliza la maternidad. También se encarga de enterrar la idea –errónea pero muy extendida socialmente– de que existe el instinto materno...
–Podemos ser instintivos cuando somos muy chiquitos. Cuando las mujeres que acaban de ser madres descubren las primeras piedras de la crianza, se encuentran que no tienen instinto que las salve de lo embarrado que están en ese momento. Cuando la teta no les funciona, cuando sienten odio por el bebé que no para de llorar, cuando no saben qué le pasa. Los programas de psicoprofilaxis para el parto deberían enseñar sobre los hijos, lo que cambiará en la vida al tenerlos. El primer año es complicado, la mujer no deja de ser puérpera, se modifica la relación de pareja, es fundamental que la mujer vuelva a trabajar para mantener su autonomía económica. Pero esta información no se divulga, porque no es agradable. Y en un punto se censura. Nadie se atreve a advertirle que va a sentir aburrimiento, soledad, que por momento se va a querer sacar de encima al bebé. La lactancia, por ejemplo, es uno de los disparadores de culpa más grandes para las mujeres madres. Dar dos años el pecho al bebé, como propone la Organización Mundial de la Salud, no es saludable para las mujeres. Pero sin embargo, se machaca con ese discurso, y se lo dirige a todas las mujeres, cuando en realidad ha sido pensado para las que crían sus hijos en condiciones de extrema pobreza: se les podría regalar la leche de fórmula pero, como el agua que utilizarían para prepararla seguramente está contaminada, insisten con la cuestión de la leche materna. La lactancia hay que armonizarla con la mujer-madre-compañera-trabajadora. Pero no puede ser un mandato culpabilizador.

La charla transcurre en un elegante café de Palermo. En este tramo de la entrevista, una señora cincuentona que la escuchaba desde otra mesa, se acerca entusiasmada e interviene: “Estoy totalmente de acuerdo con lo que dice. El mensaje de la lactancia por dos años está arruinando a los matrimonios”, afirma. Y cuenta la experiencia de su hijo, flamante padre y su nuera que quiere amamantar al bebé hasta los dos años, en Nueva Zelanda, donde viven. Sebastiani asiente. “A veces –sigue él– se usa la lactancia para tomar distancia del esposo.”

Este médico obstetra, conocido por sus posiciones a favor de la despenalización del aborto, en su último libro se mete también con el fenómeno de la fertilización asistida, el alquiler de vientres, y el no deseo de tener hijos.
–¿Por qué propone que nos hagamos esa pregunta tan quisquillosa de por qué tenemos hijos?
–Es una pregunta para toda la sociedad. Hay que saber que el hecho de tener hijos te va a quitar algo. Podemos transmitir aromas y platos familiares pero no se cuenta qué nos pasó con nuestros hijos. Quiero que se pueda transformar el aspecto cándido de decidir tener un hijo en un evento de responsabilidad. Cada año metemos entre 60 y 80 millones de niños en el mundo sin preguntarnos si van a tener las condiciones mínimas afectivas y estructurales que necesitan. Y no es una cuestión de dinero. En un ambiente pobre se puede nacer y crecer muy bien. Pero hay que pensar que a un niño hay que darle cuidados. Y mucha gente se olvida de eso tan básico.

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