domingo, 12 de junio de 2011

Se acortan los noviazgos y aumentan las convivencias

Nuevas parejas. En los últimos 30 años se cuadruplicó la cantidad de parejas que conviven sin casarse en la Capital. Y la mitad de los noviazgos no llegan al año. Los expertos dicen que cambió la forma de armar la familia.

Hace tiempo estaba muy mal visto esto de “juntarse”. De hecho para algunos sectores de la sociedad no era una posibilidad ni para fantasear. Pero las cosas han cambiado al punto que el año pasado en la ciudad de Buenos Aires se extendieron casi la misma cantidad de certificados de matrimonio que de convivencia y uniones civiles . El abandono de papeles es el resultado de un proceso que comenzó en los 60 y se profundizó a partir de los 80, de la mano de una mayor libertad individual. Así, en estos 30 años se cuadruplicó la cantidad de parejas que conviven. Y esa modalidad produjo otro cambio: la mitad de los noviazgos no llega ni al año .


En el ‘80, los matrimonios eran el 92% de las parejas. En el 2010 bajaron al 69%. El año pasado se casaron en la ciudad 13.086 parejas, a la vez que 10.574 tramitaron la convivencia y 585 uniones civiles. Es decir, los casados son sólo el 54% de las nuevas parejas. Y lo cierto es que firmar papeles no asegura nada: por cada dos casamientos ya hay un divorcio.

“En los últimos años se ve un mayor desapego a la institución matrimonial como reguladora de la vida en pareja. Esto no significa una menor propensión a unirse, sino mayor consensualidad. Al mismo tiempo, la entrada en unión ha seguido postergándose. Estos cambios han sido acompañados por una mayor frecuencia de disoluciones voluntarias, como lo expresa con nitidez el marcado incremento que muestra la relación divorcios-matrimonios”, explica la socióloga Victoria Mazzeo, de la Dirección General de Estadística y Censo de la ciudad.

La socióloga Mabel Ariño usa las mismas palabras: “ No varió la propensión a formar pareja, sino la manera . Es otra forma de empezar la familia, con menos injerencia del Estado”. Y soslayando estigmas y mandatos sociales. “Hasta mediados del siglo XX la mujer que convivía con un hombre era considerada una cualquiera. El término concubina era peyorativo. Hoy no se usa porque fue cambiado por el de compañera, mujer, señora o esposa”, explica el abogado de familia Osvaldo Ortemberg.

Mazzeo sintetiza el proceso: “A partir de los 60 se comienza a registrar que la incidencia de la cohabitación como modalidad de entrada en unión avanza ininterrumpidamente, y este avance se aceleró a partir de los 80, con la particularidad que se transformó en una opción de convivencia marital aceptada en todas las clases sociales. En la sociedad porteña, los cambios en los comportamientos nupciales se evidencian desde los 80, pero es durante los 90 cuando se profundizan, tanto en el aumento de la edad de los contrayentes a la primera unión, como al aumento de la reincidencia matrimonial en la madurez, en particular entre los varones”.
En “Tendencias sobre la convivencia, matrimonio y maternidad en áreas urbanas de Argentina”, Georgina Binstock, del Centro de Estudios de Población (Cenep)-Conicet, dice: “Los cambios familiares registrados en Argentina durante las últimas décadas, incluyendo la postergación del matrimonio y el incremento de las uniones y nacimientos no matrimoniales son similares a muchos países desarrollados que suelen asociarse a la segunda transición demográfica (STD)”. La STD explica las transformaciones familiares por cambios ideológicos, de valores y conductas individuales que buscan el bienestar y la realización personal. Cita estudios que hablan de flexibilización en los mandatos sociales en la familia y una creciente aprobación de conductas como el divorcio, el aborto y la crianza de un hijo sin una pareja estable. “Las uniones consensuales son más frágiles que los matrimonios, se separan con más frecuencia. Es probable que el propósito inicial para muchas parejas no sea una convivencia para toda la vida, expectativa que suele acompañar al matrimonio” (Binstock y Marcela Cerrutti en: “Familias latinoamericanas en transformación: desafíos y demandas para la acción pública).

Se estima que la ruptura es cuatro veces mayor en los que conviven . Y ese sí es un problema, sobre todo para la mujer.

“La convivencia se genera en base a la confianza y el trato igualitario -dice Sofía Harari, abogada del Equipo Latinoamericano de Género-, pero creo que un gran porcentaje lo hace por no conocer la ley. El final de una relación por uno u otro sistema genera consecuencias muy distintas, en especial en las mujeres que son las que, por la distribución tradicional de roles, o por su dedicación al cuidado de los hijos, relegaron su carrera laboral y profesional y están menos fortalecidas económicamente”. De allí que, contrariamente a lo que podría pensarse, muchas feministas aconsejen casarse, aún hoy.

Fuente: Clarín 12.06.11

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